V E L E S
Black Hateful Metal
Este álbum no tiene igual ni en su escena nacional ni en el resto del mundo. Aquí VELES lleva el sonido clásico polaco del que fueron pioneros a su límite, haciéndolo tan extremo y radicalizándolo tanto en lo sonoro que suena más como la esencia del black metal polaco hecha álbum que como algo hecho para ser escuchado a la manera de los álbumes normales. Riffs arquetípicos se suceden en frenético delirio y rompen el silencio y la calma de los teclados, guitarras acústicas y otros efectos sonoros y naturales, aullidos de lobos, sonidos de viento, graznidos de cuervos, etc. A veces un riff comienza a chillar y no para hasta pasados varios minutos, como un viento de muerte levantado por una tormenta interminable, y luego desaparecen en la noche tan súbitamente como vinieron y dejan tras de sí la paranoia de si llegaron a sonar alguna vez, y da miedo respirar en su ausencia, no vaya a ser que se encuentren al acecho y vuelvan a saltar. Este es el sonido del odio y la locura, los riffs no tienen ornamentos, les basta con tres o cuatro notas, y suenan cortantes, como una sierra, ruido con formas odiosas y raquíticas. El único grupo comparable es Ildjarn, que hizo con el black metal noruego un ejercicio similar al que VELES hace con el polaco, aunque el caracter del black metal de este país provoca que las composiciones sean mucho más ambiciosas y multifacéticas. Evidentemente, también sirven de referencia Graveland, Infernum, o Fullmoon, compatriotas y camaradas del grupo hoy reseñado.
Suenan solitarios himnos paganos, vetustos y gloriosos, tallados en piedra, la única guía que los músicos de VELES tienen en esta terrible noche. Rob Darken muestra su archiconocido dominio de los teclados, seña de todos los buenos grupos polacos de la época.
The Triumph Of Pagan Beliefs avanza a paso solemne, al ritmo constante de marciales tambores, sobre los cuales suenan altivas melodías. Hacia el final del tema se añade suspense y los teclados dan pausadas vueltas en torno a un motivo guerrero, y desaparecen. Suena la guitarra y anuncia el amanecer de un nuevo imperio, y una solitaria y pacífica guitarra acústica, aparentemente fuera de lugar, traiciona al oyente antes de que los riffs más violentos y atormentados del álbum le arrollen durante varios minutos de pura catarsis, riffs que cabalgan a lomos de una batería cada vez más acelerada bajo los gritos furiosos de Blasphemous, que aulla de dolor. En
Uralten se continúa la tradición de los interludios vanguardistas iniciada por Celtic Frost, una guitarra acústica pinta un siniestro telón de fondo sobre el que ríe, disonante, un piano, acompañado de efectos de viento que van y vienen, antes de que una nueva explosión de black metal cierre el tema. Este último riff suena de fondo, es un recurso del tema atmosférico, y no al revés. Luego un riff demacrado y de triste figura abre
Broken Cross, antes de que el primo hermano del riff violento de
Dawn Of A New Empire haga aparición y lo haga desaparecer. La similitud de este riff con el otro de hace unos minutos aumenta la atmosfera de delirio del álbum, que da igual la hora a la que se escuche siempre suena como si fuesen las cinco de la mañana.
Nuevamente suenan los teclados de Darken, un insistente cabalgar a contrarreloj por los grises paisajes de la vieja Europa. Lo que este hombre hace en este álbum no tiene nombre, estas son, junto con el tema que aportó para el célebre Asgardsrei, sus composiciones de teclado más evocadoras e inspiradas. Difícil es el no verse movido por ellas. El resto del tema es, como es habitual en las partes de black metal de este álbum, surrealista. A quien toque la guitarra con otra gente le habrá pasado, y sabrá de lo que hablo. ¿Sabeis del típico riff medio épico, basado en acordes de quinta, que se toca al principio de una improvisación, durante el cual nadie sabe muy bien a dónde ir y dónde llevarlo? Eso tocan al principio de este tema. Pronto lo descartan para pasar a una serie de riffs agónicos sobre una batería inhumanamente rápida, hecha artificialmente sin duda. Chocan tanto la guitarra y la batería artificial que la composición adquiere un caracter abstracto, digamos, por decir moderneces, que deconstruyen el black metal. No importa que el riff de guitarra vaya al mismo ritmo que la batería, todo ha sido convertido en pura textura.
The Temple Of The Infernal Fire tiene un carácter más tradicional, al menos hasta que llega a la mitad del tema, donde tocan un riff de lo que parece ser una única nota, que se alterna con otra de vez en cuando, independientemente del resto de elementos musicales. Sobre esta especie de break suena, también en tiempos aleatorios, un teclado de sonido exagerado y abrupto, que carga el ambiente y aumenta la tensión hasta que Blasphemous grita un último Sieg Heil, con lo que acaba el tema y le abre el paso al tema homónimo,
Black Hateful Metal. Todos los riff de este tema usan de la vieja confiable: en la primera mitad del riff tocan una melodía cromática, y en la segunda mitad tocan la misma melodia traspuesta en otra parte del mástil, creando esa alternancia hipnónica tan importante en el estilo. A la mitad del tema todo esto frena en seco debido a la irrupción de los teclados estridentes del tema anterior, y abren un inciso bastante atmosférico y de atmósfera nocturna. Suena una guitarra acústica sobre unos aullidos de lobos cargados de eco, y se rescatan brevemente algunos motivos de uno de los riffs finales de
The Spirit Of Ancient Europe, seguramente sin querer realmente. Tan rápido como llegó esto, se va arrollado por el riff principal del tema. Finalmente suena
Millenium Of Disgrace, un tema en el que se implora al hombre blanco a rescatar de su pasado pagano sus viejos valores guerreros y el espíritu de lealtad a la sangre, antes de su extinción a manos de sus viejos enemigos. De nuevo suena la batería artificial, tan exageradamente rápida que hace que el tocar a tiempo sea imposible.
Los aullidos de rabia y dolor que suenan en este negrísimo álbum son los de una juventud abandonada que, entre las ruinas del viejo telón de acero, trató de aferrarse a algo verdadero y por lo que dar la vida. Viendo lo patético y ruinoso de la sociedad moderna, tan aparentemente inevitable, tan plena y cargada de satisfacciones vulgares, ¿quién podría culparles de soñar con grandes imperios y con guerreros y tiempos más honorables, sean o no estos reales?
¡Vivan la victoria, la guerra y el dolor! ¡Viva VELES!